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María Paz Ercilla |
El director, sin contar con una trama establecida, busca indagar en la subjetividad de los puntos de vista, logrando que incluso el género de la película resulte ambiguo, fundiéndose de buena manera con el estilo documental. Incluso, por la poca preocupación por los fondos, por la estética hiper-realista y su inmejorable cotidianeidad, se ha dicho que Y las vacas vuelan podría encasillarse al Dogma 95 (ver enlace), estilo vanguardista popularizado por Lars von Trier.
La película en sí, como ya señalé antes, carece de una trama fija. Kai (Magnus Errboe) es un danés que, cámara en mano, recorre las calles de Santiago buscando una respuesta esencial a su pregunta: ¿son los chilenos buenos para mentir? Entrevistando a muchas mujeres, obsesionado también por las consecuencias de la mentira en las relaciones de pareja, llega a María Paz (María Paz Ercilla), una misteriosa muchacha que da en el blanco, con una respuesta basada en la hipocresía moral y social de todas las personas, señalando incluso que “todos somos un poquito actores”. Kai, atraído por María Paz, la invita a participar en una película que nunca logra consolidarse, y que para el espectador es un total enigma que se va revelando poco a poco con los paseos de ambos por la capital. De esta forma, la historia se va transformando en un “juego de espejos”, una reproducción audiovisual de Las Meninas de Velásquez (ver enlace), donde el director graba la grabación de su propia película, multiplicando las realidades posibles y generando interesantes reflexiones acerca de la naturaleza del cine, del arte y de la realidad misma.
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María Paz y Kai |
Como es posible entender, Y las vacas vuelan es una curiosa producción que cala hondo en la tradición chilena del cine independiente, desprendiéndose de los abundantes clichés de nuestro país para lograr un importante acercamiento a nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestra “chilenidad” más íntima, sin caer por eso en el populismo. El final, por otro lado, permite llevar la reflexión también hacia otros temas como la hipocresía del ser humano, su incapacidad de fundir sus acciones con sus pensamientos más sinceros, y las infinitas realidades posibles a partir de los hechos más concretos, logrando un crisol de conceptos muy ricos en profundidad y valor cívico. Sin lugar a dudas, Fernando Lavanderos logra superar los límites del cine convencional para mostrarnos el sinfín de oportunidades intelectuales que nos brinda el denominado “séptimo arte”. Es también, por lo mismo, una invitación a superarnos y llegar incluso más allá de nuestras ambiciones. Y eso siempre se agradece.
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